Al amancer una de las tiendas, en la que dormían Huberto y Caracoles, cedió y se llenó de nieve. Nos tuvimos que meter los cuatro en la otra. El viento arrastró durante la noche tanta nieve que el ábside de esa tienda que nos quedaba se llenó de hielo y enterró bajo una capa de metro y medio todos nuestros víveres y los dos hornillos. Era imposible salir afuera para desenterrarlos: el viento te tumbaba. La tienda crujía como un cascarón en medio de una galerna.